Camboya, un ejemplo de Iglesia perseguida que ha renacido

Una de los mayores genocidios modernos se cometió en Camboya hace apenas 40 años. Los Jemeres rojos asesinaron a uno de cada tres hombres, la cuarta parte de la población. En cuatro años la locura de Pol Pot acabó con la vida de un millón setecientas mil personas. El dictador devolvió al país al medievo y arrasó con el cristianismo.

Mons. Enrique Figaredo, Obispo de Battambang (Camboya): “La guerra, la revolución de Pol Pot se llevó por delante a todo el mundo. Se llevó por delante a los obispos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los catequistas. Quedó la comunidad reducida a la nada. Muchos de los católicos que sobrevivieron no tenían esperanza de que en Camboya hubiera paz y hoy están en Estados Unidos, en Francia, en Occidente, en Japón. Se quedaron muy pocos”.

Enrique Figaredo llegó unos años después a una Camboya aún desgarrada por aquella brutalidad.

Había unos 170.000 cristianos en los años 70, antes de la guerra. Después del conflicto y de la dictadura apenas restaban unos miles.

Mons. Enrique Figaredo, Obispo de Battambang (Camboya): “Cuando llegamos la comunidad estaba totalmente dispersada. En los campos de refugiados ya hubo labor, una labor muy bonita en los campos, pero con la repatriación creamos comunidades nuevas con los refugiados que retornaban. Cuando fui nombrado prefecto apostólico teníamos 14 comunidades, ahora tenemos 28 y mucho más numerosas y con una labor mucho más grande”.

Poco a poco la Iglesia va recuperándose a la vez que muchos de los camboyanos que sufrieron el régimen y las heridas, en el cuerpo y en el alma, que les provocó la guerra. La comunidad cristiana crece a ritmo lento pero seguro demostrando que, después de la persecución y el martirio, la Iglesia puede renacer de sus propias cenizas.